Una plataforma de ventas que deja de procesar pedidos, un hotel que pierde acceso a sus sistemas o una empresa cuyos colaboradores no pueden utilizar aplicaciones críticas tienen algo en común: una falla tecnológica puede convertirse rápidamente en un problema de negocio.
Ese periodo durante el cual un sistema, aplicación o servicio necesario para operar no está disponible se conoce como downtime o tiempo de inactividad. Su impacto no debería medirse solamente en minutos, sino también en ventas no realizadas, productividad perdida, procesos detenidos y clientes afectados.
Para el Ing. Tanner Moreno, VP de Tecnología e Innovación de Ovnicom, uno de los principales errores está precisamente en la manera de evaluar estas inversiones: “El error más común es tratar las infraestructuras de TI como un costo reactivo y no como un activo estratégico de continuidad de negocio”.
El downtime no empieza en TI: empieza cuando se detiene el negocio
Una interrupción puede originarse en servidores, conectividad, energía, almacenamiento, aplicaciones o ciberseguridad, pero sus consecuencias trascienden al departamento de tecnología.
Una tienda puede dejar de facturar, un centro logístico perder temporalmente la trazabilidad de sus operaciones o una empresa quedar sin acceso a información necesaria para atender a sus clientes. Por eso, una estrategia de infraestructura digital debe considerar qué procesos dependen de cada componente y qué sucedería si dejara de funcionar.
Microsoft define la continuidad de negocio como la capacidad de mantener las operaciones durante fallas, interrupciones o desastres. Esto requiere planificación y sistemas resilientes, incluyendo estrategias de alta disponibilidad y recuperación ante desastres.
La falla ocurre en la infraestructura, pero el costo aparece en el negocio.
¿Cómo calcular cuánto cuesta una hora de downtime?
No existe un costo universal por hora de inactividad. Cada empresa debe calcularlo según sus operaciones, volumen de transacciones y dependencia tecnológica.
Una aproximación práctica sería:
Costo del downtime = ingresos no generados + productividad perdida + recuperación + penalizaciones + costos extraordinarios + impacto comercial.
| Factor | Qué debe considerar la empresa |
|---|---|
| Ingresos | Ventas o transacciones no realizadas |
| Productividad | Horas de personal sin poder operar |
| Operación | Procesos detenidos o retrasados |
| Recuperación | Personal técnico, proveedores y restauración |
| Compromisos | SLA, penalizaciones o entregas incumplidas |
| Clientes | Reclamos, cancelaciones y pérdida potencial de confianza |
Por ejemplo, una empresa que factura USD 20.000 durante ocho horas de operación genera en promedio USD 2.500 por hora. Si una interrupción impide vender durante dos horas, el análisis no debería limitarse a los USD 5.000 que potencialmente dejaron de facturarse.
También habría que considerar personal detenido, recuperación técnica y consecuencias sobre clientes y operaciones.
Cuando una interrupción puede superar los USD 100.000
La dimensión económica puede ser considerable. El Annual Outage Analysis 2026 de Uptime Institute señala que el 57 % de los participantes en su encuesta anual 2025 estimó que su interrupción importante más reciente costó más de USD 100.000. Uno de cada cinco reportó costos superiores a USD 1 millón.
Estas cifras corresponden al incidente completo y no significan que una hora de downtime tenga ese costo para todas las organizaciones.
El mismo análisis mantiene a la energía como principal causa de interrupciones de impacto y señala una mayor presencia de fallas externas asociadas con fibra y conectividad.
Por eso, acciones como el mantenimiento preventivo ayudan a identificar condiciones que pueden convertirse en fallas antes de que afecten la continuidad operativa.
Cuando mantener infraestructura legacy comienza a salir más caro
El problema no consiste simplemente en determinar cuántos años tienen los servidores o equipos. Una infraestructura existente puede continuar aportando valor mientras responda adecuadamente a las necesidades de la organización.
El riesgo aparece cuando la empresa depende de componentes difíciles de mantener, con poca capacidad de crecimiento, vulnerabilidades, incompatibilidades o puntos únicos de falla.
Tanner Moreno identifica este patrón en organizaciones que continúan “implementando soluciones tipo parcheo sobre infraestructura legacy”, mientras dejan para después inversiones en ciberseguridad, monitoreo proactivo y redundancia.
IBM también identifica entre las características frecuentes de los sistemas legacy los costos crecientes de mantenimiento, rendimiento ineficiente, escalabilidad limitada, tecnologías desactualizadas y vulnerabilidades de seguridad.
La pregunta, entonces, no es solamente qué tan antigua es la infraestructura, sino qué sucede con el negocio cuando uno de sus componentes falla.
Modernizar no significa reemplazar todo
La respuesta frente a una infraestructura legacy tampoco consiste necesariamente en descartarla. Para Tanner Moreno, modernizar implica evaluar cómo integrar tecnologías existentes con nuevos avances para construir entornos más resilientes.
La estrategia puede combinar redundancia para disminuir puntos únicos de falla, alta disponibilidad para mantener cargas críticas funcionando y monitoreo de infraestructura para identificar anomalías antes de que escalen.
También pueden evaluarse arquitecturas híbridas que combinen recursos locales con nube empresarial, según la criticidad, seguridad, rendimiento y necesidades de cada carga de trabajo.
Modernizar deja así de significar simplemente comprar nueva tecnología y pasa a responder una pregunta empresarial: ¿qué nivel de disponibilidad necesita realmente la operación?
¿Cuánto tiempo puede permitirse estar detenida su empresa?
No todos los sistemas necesitan el mismo nivel de disponibilidad. Una aplicación secundaria puede tolerar varias horas de interrupción, mientras que un sistema de pagos, reservas, producción o facturación podría generar consecuencias importantes en pocos minutos.
Dos métricas permiten establecer estas prioridades. El RTO (Recovery Time Objective) determina cuánto tiempo puede transcurrir hasta recuperar un servicio después de una interrupción. El RPO (Recovery Point Objective) establece cuánta pérdida de datos, expresada en tiempo, puede aceptar la organización.
Definir estos objetivos obliga a identificar qué cargas son realmente críticas. También permite decidir dónde son necesarias medidas como alta disponibilidad, redundancia, respaldos o disaster recovery.
El objetivo no debería ser alcanzar disponibilidad absoluta para todos los sistemas, sino invertir según el impacto que tendría la interrupción de cada proceso sobre el negocio.
La continuidad de negocio se diseña antes de la falla
Reducir el downtime requiere identificar dependencias, puntos únicos de falla y sistemas críticos antes de que ocurra una interrupción. También exige revisar cómo interactúan conectividad, energía, servidores, almacenamiento, seguridad, respaldos y servicios en la nube.
Moreno destaca además la importancia de contar con aliados que acompañen no solo la implementación, sino también la posventa, el ciclo de vida de la infraestructura, la incorporación de nuevas tecnologías y la transferencia de conocimiento.
Antes de preguntarse cuánto cuesta modernizar su infraestructura, una empresa debería responder otra pregunta: ¿cuánto le cuesta que esa infraestructura deje de funcionar?
Si necesita evaluar la disponibilidad, redundancia y capacidad de recuperación de su entorno tecnológico, puede contactar al equipo de Ovnicom para analizar los riesgos y prioridades de su operación.